lunes, 22 de febrero de 2016

Instrumental

Se supone que, después de escuchar el despertador a las cuatro y media y levantarme, después de haber agotado dos veces la batería del móvil a base de mensajes de Whatsapp, llamadas y emails, después de salir del trabajo varias horas más tarde y seguir hablando a través del manos libres del coche en el camino a casa, después de ir en autobús y mantener conversaciones laborales delante de todo el indiscreto y numeroso pasaje, llegar a casa después y tener que seguir pendiente del teléfono y el ordenador, después de eso y más, se supone que tengo que sentarme a escribir la novela que nunca terminaré, sin estar muy seguro de si las comas están bien puestas, o de si tiene sentido, y mientras hierven en una olla sobre la vitro media lombarda y un par de patatas con la campana extractora haciendo el mismo ruido que un 747 en pleno vuelo.

Instrumental es el resultado del producto de la masa de ego concentrada en las cuentas de Instagram, Facebook y Twitter, al cuadrado, de un maníaco depresivo.

Aún así, hay que leerlo.  

lunes, 26 de octubre de 2015

Rebelión

Hoy me he rebelado contra el lunes gris de otoño que ha amanecido en Madrid. He plantado cara a los que han tratado de empujarme contra el arcén en la M-30. No he aceptado el "un día más en la oficina" y, cuando parecía que no podía evitar sacar mi peor cara de ogro amargado sentado delante del ordenador, he arrancado una hoja de papel del cuaderno y me he puesto a escribir. Las conversaciones que había a mi alrededor han desaparecido y me han importado un bledo los teléfonos sonando y los emails por enviar durante esos diez minutos en que he dicho "basta". Escribir es mi rebelión contra el "ser uno más".


lunes, 21 de septiembre de 2015

El país de ahí fuera

“Un  país que sueña con convertir a los maestros en el corazón de la gran transformación que necesitamos, que sean ellos los protagonistas de un liderazgo al que podríamos aspirar y aún no hemos alcanzado en el terreno de la educación”.

Leo esto, levanto la cabeza de la revista y me acuerdo de mi profesora de Lengua en el colegio, una señora que decía “cohexión” en vez de cohesión y que hoy sigue dando clase en el mismo centro de enseñanza de Madrid. También me acuerdo del que nos daba Informática, que decía "güindon" en vez de Windows. 

Los maestros no son más importantes que ningún otro grupo de personas porque éstos, los colectivos, no son nada relevantes si los miembros que los forman no aspiran a ser los mejores cada uno individualmente, sea lo que sea a lo que se dediquen. Y, al igual que pasa en mi ocupación y en la tuya, los profesores tienen los mismos vicios y virtudes que el que se sienta a tu lado en la oficina y llega tarde sistemáticamente, o se escaquea en cuanto puede, o mete la mano en la caja, o no se ha mirado el orden del día de una reunión, o no ha estudiado para el examen, o pasa de ir a clase y, además, se queja amargamente de su suerte.


Todos nos equivocamos y, por supuesto, reincidimos. También tenemos días buenos, malos y mediopensionistas, pero si no hay empeño personal e individual en superarnos y corregirnos a nosotros mismos una y otra vez, no hay colectivo que valga y no hay ninguna transformación posible como sueña Ana Pastor en Papel.

miércoles, 15 de julio de 2015

Dylan en El Sol


La profesora de inglés nos puso Blowin’ in the Wind para un ejercicio de fill in the blanks que venía en el libro. Tenía 10 u 11 años y era la primera vez que escuché a Dylan. Unos años después, en 2001, en pleno proceso de meterme en el alt-country escuchando a Uncle Tupelo y Lucinda Williams día y noche, y poniéndome camisas de cuadros hasta para ir a dormir, llego a mi Discman el Love and Theft. “No puede ser Dylan, qué voz… ¡qué viejo!”. Seguí escuchándolo y, al poco, me dije: “¡Qué cojones! Mola más ser viejo y tocar y cantar como un viejo”. Vi la portada y ese señor, el Bob Dylan de primeros del siglo XXI, ya no podía cantar como el de los primeros 60 porque no era la misma persona que el de la canción de la clase de inglés.  Entendí que no pretendía ser lo que fue, sino que, a su edad, era él mismo, pero distinto. Una perogrullada: las operaciones de cirugía estética, en la vida y en la música, tienen un límite.
“Envejecer es difícil para un artista si no adecua su repertorio, su capacidad física y su actitud en un escenario, ante un público, frente al mundo”, dice Loquillo en una URL de Elmundo.es. Es lo que nos estaba diciendo, desde hacía años, Dylan –y unos pocos más-, frente a los que se enganchan a la eterna juventud y pasean su retrato de Dorian Grey por estadios a rebosar de gente haciéndose selfies. ¿No sería increíble un concierto de los Stones en la Sala Sol? ¿No sería maravilloso uno del propio Dylan en el Teatro Lara?
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“¿Hits? ¡Que se vayan a un karaoke!”, dice Loquillo. No puedo estar más de acuerdo, pero que lo diga alguien que vive de eso… 

viernes, 3 de julio de 2015

Cómo dejar de escribir sobre uno mismo


Cuando llevo un par de líneas escribiendo sobre mí mismo me siento como si hubiera salido de la M-30 y ya sólo tuviera la autopista en línea recta para mí. Las palabras salen igual que pasan los kilómetros al conducir por una carretera que ya está hecha. Pero lo difícil es construir la carretera, inventar el paisaje, armar el coche, crear al conductor y los pasajeros, poner las señales, situar las salidas a las carreteras secundarias… 

martes, 30 de junio de 2015

En cuanto lo sepan, estás acabado


“Existe toda una clase de escritores que no quieren que sus libros se lean. Hasta cierto punto, eso explica su prosa enloquecida. Si formas parte de esa clase de escritores, expresar lo expresable no es la razón de que escribas. Hasta resulta vagamente embarazoso que te entiendan. Lo que quieres expresar es la violencia de tu deseo de que no te lean. Es la fricción del público lo que enloquece a los escritores. Esa gente va a leer lo que escribas. Y cuanto más entiendan ellos, más vas a enloquecer tú. No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado. Si formas parte de esa clase, lo que tienes que hacer es o no publicar o asegurarte del todo de que tu obra deje a los lectores tirados por los márgenes. Esto no es solamente lo que permite que exista literatura, sino que también es indispensable para tu salud mental.”
Don DeLillo, en La Estrella de Ratner, definiendo la longitud de una zancada más larga que la mía.
Voy camino a la locura y, aunque todo me tortura, sé querer.
Es imposible.
Es como, si al final, tuviera miedo de volver a empezar.

lunes, 16 de marzo de 2015

Pájaro

El pasado se esconde en las tinieblas de nuestras vidas. Tiene una paciencia infinita, a sabiendas de que todo lo que hemos hecho, y todo lo que hemos dejado de hacer, regresará sin lugar a dudas para atormentarnos en el último momento.

Es una verdad como un puño de Charlie Parker, Bird, el detective de John Connolly, un personaje que mata por cualquier razón –justificada o no- y escucha a los Jayhawks y Ryan Adams. Para él, los días son soleados o de tormenta, salvo los menos que, como mucho, están nublados. Aguanta poco sobre el filo de la navaja y siempre acaba cayendo al abismo, donde le esperan los monstruos del pasado y a donde van los que envía allí a tiros para esperarle la próxima vez que caiga.

Sabe que están ahí y nunca se irán, como si su creador le hubiera marcado a fuego la seña irlandesa del catolicismo y la culpabilidad, de la que es tan difícil desprenderse. Camina, cae –o lo tiran-, se vuelve a levantar y vuelve a caminar. Como a los que somos de carne y hueso, unas veces nos cuesta más levantarnos y otras veces menos, pero siempre hay que recuperar la verticalidad y volver a andar, por mucho que duela, porque lo mejor siempre está por llegar.


*Me ha sido imposible escribir 21 días seguidos. Todos sabíamos que iba a pasar*

jueves, 12 de febrero de 2015

Gafas nuevas

La península en la que nos encerramos está llena de discos y de libros, apenas se ve la televisión y estamos empezando a descubrir lo de ver series. Soy feliz. Pero es cruzar los Pirineos y todo eso desaparece. No hay nada, sólo caretas, lobos aullando y viejas en corrillos. Se me tuerce el gesto. Vuelvo a casa y tardo horas, a veces días, en cambiar de humor. Debería revisarme la vista: no todo puede ser tan gris al otro lado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

El día de los muertos vivientes


“No puede ser verdad, parece que lo han sacado de una película”. Delante de nosotros, en el carril derecho, había una furgoneta de una empresa de higienización de escenarios traumáticos. He tratado de maniobrar para acercarme y hacerle una foto para enviarla a mis amigos, y luego ver la cara del conductor, pero después he pensado que si seguía haciendo el imbécil con el coche por López de Hoyos, los protagonistas del escenario violento podíamos ser nosotros.

¿Quién es Pedro Sánchez? ¿De dónde salió Susana Díaz? ¿Por qué es tan importante Tomás Gómez? El primero tiene el mismo carisma que un percebe y nadie sabe de dónde salió. La otra es tan bruta que parece que mastica nueces enteras, con la cáscara incluida, y es heredera del paletismo español más auténtico. Y el otro es un político nefasto, incapaz de sacar de la carretera al rival, un partido para abueletes dirigido por viejecitos como Ana Botella. Puaj.

Puede que la furgoneta del primer párrafo viniera de la Plaza de Callo, donde han tardado poco menos de una hora en concentrarse todos los parleños de Tomás Gómez para dar la pataleta y quedar expuestos ante Pedro Sánchez, quien seguro ha imaginado una boda roja sentado en el sillón mientras veía cómo La Sexta le lamía la herida del ojete al depuesto.

A todo esto, en medio del barullo, se ha abierto un sarcófago en los sótanos de Ferraz y de él ha emergido la enjuta figura de Rafael Simancas. A su lado, se han removido en sus respectivos sepulcros Trinidad Jiménez y otras ilustres figuras del socialismo underground. “¿Por qué tú, Rafa, y no yo?”, se ha escuchado decir a una voz mortecina que provenía del interior del ataúd de Almunia.

martes, 10 de febrero de 2015

Remover la quijotera


A lo mejor no debería sentarme a intentar parir algo a las once de la noche. A esa hora, o me voy a la cama, o escucho música, no me pongo a remover la quijotera.

lunes, 9 de febrero de 2015

El undécimo mandamiento

- Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles,  tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar. ¿Te acuerdas de los cómics del Daily News?, ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal.


Este falso oráculo es de Al Límite, el último libro de Thomas Pynchon. A veces, leer no es fácil. Entender un libro es también no tragarte las sentencias que parecen el undécimo mandamiento. Entender a las personas supone aplicar la misma mecánica.

domingo, 8 de febrero de 2015

Nos vemos allá arriba

No puede haber cosa menos honrada que hacer una reseña de un libro sin haberlo leído. Es todavía más falso que retuitear enlaces en los que ni siquiera se pincha, o poner a parir grupos de música porque son para modernos.  La cosa es peor todavía si haces “book dropping”, dártelas de haber leído mucho soltando títulos de libros porque sí. 

Pues, para finiquitar el asunto rápido, se hace saber que Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre, es un novelón de cuatrocientas y pico páginas que te puedes leer en una tarde de invierno sentado en el sofá mientras ponen en la tele la gala de los Goya. Todavía no me lo he terminado, voy por la mitad, pero parece mentira que sea un libro de este siglo. Está escrito como cuando las novelas de mil páginas se escribían a mano o, como mucho, a máquina. Nada de tener que leer frases girando el libro, ni distintas tipografías o colores. Cada párrafo cuenta algo, no hay pajas mentales ni circunloquios para hablar de una mutilación –horrible, por cierto-.

Atrapa como un best-seller. Hay guerra como en Guerra y Paz. Hay pijos estirados franceses como en la pérdida de tiempo que es En Busca del Tiempo Perdido. Está el ganador del premio “torpe del siglo XX”, que cada vez que intenta arreglar algo, se hunde un poco más en el fango, como si lo hubieran sacado de Crimen y Castigo. Hay un malo, malísimo, que parece sacado de Los Miserables. Y hay un monstruo que, de grotesco, hace hasta gracia.


Ale, una reseña sin acabar un libro, que es lo peor de éste: que se acaba.

Primer fallo

Ni cuatro días han pasado y ya he faltado a mi compromiso de escribir todos los días en el blog. Voy a poner el culo en pompa contra la pared y voy a azotarme. Yo, si cometo un fallo, me fustigo, no celebro mi cumpleaños cantando horteradas con los colegas del trabajo. Si dejo que el vecino me folle en el rellano, no estoy deseando bajar a la calle, subirme a un bus e irme al karaoke a cantar, ni dejo que me graben y lo suban a Internet para que todo el mundo vea la enculada y lo mal que canto.

El Real Madrid está secuestrado por el carácter y el juego de Cristiano Ronaldo, un tío capaz de meter por temporada más goles que algunos equipos, pero al que le cuesta tirar del equipo cuando las cosas van mal. Da la impresión de que si falla la primera vez que recibe el balón en un partido, las cosas van a ir mal dadas para él. Eso afecta a todo el equipo, al que le toca cocer el encuentro sabiendo que uno de los garbanzos está oscureciéndose poco a poco.


Sin embargo, lo del partido de ayer contra el vecino no tiene que ver sólo con él. Ninguno estuvo bien y ellos fueron una roca. Eso es un cold fact, como también lo es que el Real Madrid sigue líder y que no todo está perdido todavía.  

viernes, 6 de febrero de 2015

Yankee Hotel Foxtrot

Estábamos sentados cada uno al borde de su cama, casi a oscuras. “Escucha esto, mola mucho”. La canción se llamaba Ashes of American Flags. Me chocó que alguien cantara acerca de las cenizas de las banderas americanas cuando un año antes había pasado lo que pasó, pero en la canción resonaba una tristeza más profunda, como si la cosa no fuera con los que murieron en las torres o los talibán. Más bien, como si la guerra estuviera dentro de uno mismo. “Está muy bien”, dije por decir. No me había enganchado, pero cuando le devolví el discman, sabía que tenía que volver a escucharlo, que había algo más que me estaba perdiendo y que merecía la pena dar la vuelta y volver a por ello.

Mi hermano se había bajado de Internet el disco, Dios sabe cómo, porque era bastante zote con ese tema entonces y todavía hoy sigue siéndolo. Al pasar las canciones a un CD, se habían copiado en un orden distinto al que era en la edición real, así que, en el Yankee Hotel Foxtrot de mi hermano, la segunda canción era War on War y creo que luego iba Heavy Metal Drummer. Escuchamos ese disco así muchas veces hasta que años después me lo regaló por mi cumpleaños, con las canciones ordenadas correctamente. Lo he escuchado otras mil veces, pero no como esa noche de verano en El Escorial, con los auriculares colgando de las orejas, el runrún del discman sobre el muslo y mi hermano en la cama de al lado leyendo el Uncut. Muchos de los momentos más felices de mi vida han sido a su lado y con música entre nosotros. Es irrenunciable seguir escuchando grupos, cantantes, poetas o lo que sea, aunque a nadie le interese lo que oímos. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Escribir con la tripa llena


Aunque sólo sean unas líneas, me voy a obligar a juntar unas letritas. Puede que lo de escribir 21 días seguidos sea la tarea más difícil que me he propuesto en 30 años. Y sólo llevo tres días. Escribir con la tripa llena y sabiendo que el despertador va a sonar en cuatro horas para ir a trabajar no es fácil. Es más difícil que dejar de fumar, lo digo por experiencia, y más, incluso, que dejar de sacudirse la sardina, si es que alguna vez es posible dejar cualquiera de las dos. 

miércoles, 4 de febrero de 2015

De camino al trabajo


Voy escuchando el nuevo disco de Dylan de camino al trabajo. Conduzco despacio, como flotando, por el carril de en medio. Es de madrugada y no hay nadie en la carretera. La nieve cae sin hacer ruido y me siento como si estuviera en el espacio porque el rumor del motor no penetra dentro del coche. No sólo no para de caer nieve, sino que, cada segundo que pasa, lo hace con más velocidad e intensidad, un temporal que crece mientras Dylan y su banda llegan desde el pasado a través de los altavoces. Suenan una tras otra las canciones mientras el horizonte queda completamente blanco. No hay nadie en Madrid, sólo estamos Bob y yo dentro del Corsa. Aunque me estoy moviendo, he dejado de dirigir el coche hace unos minutos y no me he dado cuenta hasta ahora, cuando la sensación de vacío ha inundado el interior. La nieve me está enterrando y el coche se ahoga en silencio hasta que se detiene sin derrapar en el arcén. Suena That Lucky Old Sun, cierro los ojos y me quedo dormido.

martes, 3 de febrero de 2015

21 días seguidos

Hace un par de semanas estuve en una fiesta en casa de una amiga y una de las cosas de las que se hablaron en los corrillos fue de hacer ejercicio. “Dicen que, si haces algo durante 21 días seguidos, se convierte en costumbre”. Esa frase se me clavó como una pala en la arena y ahora, mientras escribo esto, estoy sacando tierra del suelo, cavando poco a poco un agujero. 21 días seguidos de ejercicio no hacen a nadie una persona sana. 21 días seguidos sin fumar no te convierten en exfumador. 21 días sin beber no te libran del alcoholismo. 21 días seguidos no hicieron a Samanta Villar mejor periodista. 21 días seguidos escribiendo no me harán escritor.

La mejor enseñanza de los cinco años de carrera de Periodismo fue ésta: “Para escribir bien una página hace falta haber leído 10.000 libros antes”. No llegaré a esa cifra nunca, pero todo el mundo miente, así que creeré que ese profesor cuyo nombre no recuerdo estaba exagerando.


Venga, Pedro, 21 días seguidos escribiendo. 21. No es nada. Después, ya se verá.