El pasado se esconde en las tinieblas de nuestras vidas.
Tiene una paciencia infinita, a sabiendas de que todo lo que hemos hecho, y
todo lo que hemos dejado de hacer, regresará sin lugar a dudas para
atormentarnos en el último momento.
Es una verdad como un puño de Charlie Parker, Bird, el
detective de John Connolly, un personaje que mata por cualquier razón
–justificada o no- y escucha a los Jayhawks y Ryan Adams. Para él, los días son
soleados o de tormenta, salvo los menos que, como mucho, están nublados.
Aguanta poco sobre el filo de la navaja y siempre acaba cayendo al abismo,
donde le esperan los monstruos del pasado y a donde van los que envía allí a
tiros para esperarle la próxima vez que caiga.
Sabe que están ahí y nunca se irán, como si su creador le
hubiera marcado a fuego la seña irlandesa del catolicismo y la culpabilidad, de
la que es tan difícil desprenderse. Camina, cae –o lo tiran-, se vuelve a
levantar y vuelve a caminar. Como a los que somos de carne y hueso, unas veces
nos cuesta más levantarnos y otras veces menos, pero siempre hay que recuperar
la verticalidad y volver a andar, por mucho que duela, porque lo mejor siempre
está por llegar.
*Me ha sido imposible escribir 21 días seguidos. Todos sabíamos
que iba a pasar*
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