La península en la que nos encerramos está llena de discos y
de libros, apenas se ve la televisión y estamos empezando a descubrir lo de ver
series. Soy feliz. Pero es cruzar los Pirineos y todo eso desaparece. No hay
nada, sólo caretas, lobos aullando y viejas en corrillos. Se me tuerce el
gesto. Vuelvo a casa y tardo horas, a veces días, en cambiar de humor. Debería revisarme
la vista: no todo puede ser tan gris al otro lado.
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