Voy escuchando el nuevo disco de Dylan de camino al trabajo.
Conduzco despacio, como flotando, por el carril de en medio. Es de madrugada y
no hay nadie en la carretera. La nieve cae sin hacer ruido y me siento como si
estuviera en el espacio porque el rumor del motor no penetra dentro del coche.
No sólo no para de caer nieve, sino que, cada segundo que pasa, lo hace con más
velocidad e intensidad, un temporal que crece mientras Dylan y su banda llegan
desde el pasado a través de los altavoces. Suenan una tras otra las canciones
mientras el horizonte queda completamente blanco. No hay nadie en
Madrid, sólo estamos Bob y yo dentro del Corsa. Aunque me estoy moviendo, he dejado de dirigir el coche hace unos minutos y no me he dado cuenta hasta ahora, cuando la sensación de vacío ha inundado el interior. La nieve me está enterrando y el
coche se ahoga en silencio hasta que se detiene sin derrapar en el arcén. Suena
That Lucky Old Sun, cierro los ojos y me quedo dormido.
miércoles, 4 de febrero de 2015
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