La profesora de inglés nos puso Blowin’ in the Wind para un
ejercicio de fill in the blanks que venía en el libro. Tenía 10 u 11 años y era
la primera vez que escuché a Dylan. Unos años después, en 2001, en pleno
proceso de meterme en el alt-country escuchando a Uncle Tupelo y Lucinda
Williams día y noche, y poniéndome camisas de cuadros hasta para ir a dormir, llego a mi
Discman el Love and Theft. “No puede ser Dylan, qué voz… ¡qué viejo!”. Seguí
escuchándolo y, al poco, me dije: “¡Qué cojones! Mola más ser viejo y tocar y
cantar como un viejo”. Vi la portada y ese señor, el Bob Dylan de primeros del
siglo XXI, ya no podía cantar como el de los primeros 60 porque no era la misma
persona que el de la canción de la clase de inglés. Entendí que no pretendía ser lo que fue, sino que, a su edad,
era él mismo, pero distinto. Una perogrullada: las operaciones de cirugía
estética, en la vida y en la música, tienen un límite.
“Envejecer es difícil para un artista si no adecua su
repertorio, su capacidad física y su actitud en un escenario, ante un público,
frente al mundo”, dice Loquillo en una URL de Elmundo.es. Es lo que nos estaba
diciendo, desde hacía años, Dylan –y unos pocos más-, frente a los que se
enganchan a la eterna juventud y pasean su retrato de Dorian Grey por estadios
a rebosar de gente haciéndose selfies. ¿No sería increíble un concierto de los
Stones en la Sala Sol? ¿No sería maravilloso uno del propio Dylan en el Teatro
Lara?
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“¿Hits? ¡Que se vayan a un karaoke!”, dice Loquillo. No
puedo estar más de acuerdo, pero que lo diga alguien que vive de eso…