viernes, 6 de febrero de 2015

Yankee Hotel Foxtrot

Estábamos sentados cada uno al borde de su cama, casi a oscuras. “Escucha esto, mola mucho”. La canción se llamaba Ashes of American Flags. Me chocó que alguien cantara acerca de las cenizas de las banderas americanas cuando un año antes había pasado lo que pasó, pero en la canción resonaba una tristeza más profunda, como si la cosa no fuera con los que murieron en las torres o los talibán. Más bien, como si la guerra estuviera dentro de uno mismo. “Está muy bien”, dije por decir. No me había enganchado, pero cuando le devolví el discman, sabía que tenía que volver a escucharlo, que había algo más que me estaba perdiendo y que merecía la pena dar la vuelta y volver a por ello.

Mi hermano se había bajado de Internet el disco, Dios sabe cómo, porque era bastante zote con ese tema entonces y todavía hoy sigue siéndolo. Al pasar las canciones a un CD, se habían copiado en un orden distinto al que era en la edición real, así que, en el Yankee Hotel Foxtrot de mi hermano, la segunda canción era War on War y creo que luego iba Heavy Metal Drummer. Escuchamos ese disco así muchas veces hasta que años después me lo regaló por mi cumpleaños, con las canciones ordenadas correctamente. Lo he escuchado otras mil veces, pero no como esa noche de verano en El Escorial, con los auriculares colgando de las orejas, el runrún del discman sobre el muslo y mi hermano en la cama de al lado leyendo el Uncut. Muchos de los momentos más felices de mi vida han sido a su lado y con música entre nosotros. Es irrenunciable seguir escuchando grupos, cantantes, poetas o lo que sea, aunque a nadie le interese lo que oímos. 

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