“No puede ser verdad, parece que
lo han sacado de una película”. Delante de nosotros, en el carril derecho,
había una furgoneta de una empresa de higienización de escenarios traumáticos.
He tratado de maniobrar para acercarme y hacerle una foto para enviarla a mis
amigos, y luego ver la cara del conductor, pero después he pensado que si
seguía haciendo el imbécil con el coche por López de Hoyos, los protagonistas
del escenario violento podíamos ser nosotros.
¿Quién es Pedro Sánchez? ¿De
dónde salió Susana Díaz? ¿Por qué es tan importante Tomás Gómez? El primero
tiene el mismo carisma que un percebe y nadie sabe de dónde salió. La otra es
tan bruta que parece que mastica nueces enteras, con la cáscara incluida, y es
heredera del paletismo español más auténtico. Y el otro es un político nefasto,
incapaz de sacar de la carretera al rival, un partido para abueletes dirigido
por viejecitos como Ana Botella. Puaj.
Puede que la furgoneta del
primer párrafo viniera de la Plaza de Callo, donde han tardado poco menos de
una hora en concentrarse todos los parleños de Tomás Gómez para dar la pataleta
y quedar expuestos ante Pedro Sánchez, quien seguro ha imaginado una boda roja
sentado en el sillón mientras veía cómo La Sexta le lamía la herida del ojete
al depuesto.
A todo esto, en medio del
barullo, se ha abierto un sarcófago en los sótanos de Ferraz y de él ha
emergido la enjuta figura de Rafael Simancas. A su lado, se han removido en sus
respectivos sepulcros Trinidad Jiménez y otras ilustres figuras del socialismo underground.
“¿Por qué tú, Rafa, y no yo?”, se ha escuchado decir a una voz mortecina que
provenía del interior del ataúd de Almunia.
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