Mostrando entradas con la etiqueta paletos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paletos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de julio de 2015

Dylan en El Sol


La profesora de inglés nos puso Blowin’ in the Wind para un ejercicio de fill in the blanks que venía en el libro. Tenía 10 u 11 años y era la primera vez que escuché a Dylan. Unos años después, en 2001, en pleno proceso de meterme en el alt-country escuchando a Uncle Tupelo y Lucinda Williams día y noche, y poniéndome camisas de cuadros hasta para ir a dormir, llego a mi Discman el Love and Theft. “No puede ser Dylan, qué voz… ¡qué viejo!”. Seguí escuchándolo y, al poco, me dije: “¡Qué cojones! Mola más ser viejo y tocar y cantar como un viejo”. Vi la portada y ese señor, el Bob Dylan de primeros del siglo XXI, ya no podía cantar como el de los primeros 60 porque no era la misma persona que el de la canción de la clase de inglés.  Entendí que no pretendía ser lo que fue, sino que, a su edad, era él mismo, pero distinto. Una perogrullada: las operaciones de cirugía estética, en la vida y en la música, tienen un límite.
“Envejecer es difícil para un artista si no adecua su repertorio, su capacidad física y su actitud en un escenario, ante un público, frente al mundo”, dice Loquillo en una URL de Elmundo.es. Es lo que nos estaba diciendo, desde hacía años, Dylan –y unos pocos más-, frente a los que se enganchan a la eterna juventud y pasean su retrato de Dorian Grey por estadios a rebosar de gente haciéndose selfies. ¿No sería increíble un concierto de los Stones en la Sala Sol? ¿No sería maravilloso uno del propio Dylan en el Teatro Lara?
-----------------------
“¿Hits? ¡Que se vayan a un karaoke!”, dice Loquillo. No puedo estar más de acuerdo, pero que lo diga alguien que vive de eso… 

miércoles, 11 de febrero de 2015

El día de los muertos vivientes


“No puede ser verdad, parece que lo han sacado de una película”. Delante de nosotros, en el carril derecho, había una furgoneta de una empresa de higienización de escenarios traumáticos. He tratado de maniobrar para acercarme y hacerle una foto para enviarla a mis amigos, y luego ver la cara del conductor, pero después he pensado que si seguía haciendo el imbécil con el coche por López de Hoyos, los protagonistas del escenario violento podíamos ser nosotros.

¿Quién es Pedro Sánchez? ¿De dónde salió Susana Díaz? ¿Por qué es tan importante Tomás Gómez? El primero tiene el mismo carisma que un percebe y nadie sabe de dónde salió. La otra es tan bruta que parece que mastica nueces enteras, con la cáscara incluida, y es heredera del paletismo español más auténtico. Y el otro es un político nefasto, incapaz de sacar de la carretera al rival, un partido para abueletes dirigido por viejecitos como Ana Botella. Puaj.

Puede que la furgoneta del primer párrafo viniera de la Plaza de Callo, donde han tardado poco menos de una hora en concentrarse todos los parleños de Tomás Gómez para dar la pataleta y quedar expuestos ante Pedro Sánchez, quien seguro ha imaginado una boda roja sentado en el sillón mientras veía cómo La Sexta le lamía la herida del ojete al depuesto.

A todo esto, en medio del barullo, se ha abierto un sarcófago en los sótanos de Ferraz y de él ha emergido la enjuta figura de Rafael Simancas. A su lado, se han removido en sus respectivos sepulcros Trinidad Jiménez y otras ilustres figuras del socialismo underground. “¿Por qué tú, Rafa, y no yo?”, se ha escuchado decir a una voz mortecina que provenía del interior del ataúd de Almunia.