Hoy me he rebelado contra el lunes gris de otoño que ha amanecido en Madrid. He plantado cara a los que han tratado de empujarme contra el arcén en la M-30. No he aceptado el "un día más en la oficina" y, cuando parecía que no podía evitar sacar mi peor cara de ogro amargado sentado delante del ordenador, he arrancado una hoja de papel del cuaderno y me he puesto a escribir. Las conversaciones que había a mi alrededor han desaparecido y me han importado un bledo los teléfonos sonando y los emails por enviar durante esos diez minutos en que he dicho "basta". Escribir es mi rebelión contra el "ser uno más".
lunes, 26 de octubre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
El país de ahí fuera
“Un país que
sueña con convertir a los maestros en el corazón de la gran transformación que
necesitamos, que sean ellos los protagonistas de un liderazgo al que podríamos
aspirar y aún no hemos alcanzado en el terreno de la educación”.
Leo esto, levanto la cabeza de la revista y me acuerdo de mi
profesora de Lengua en el colegio, una señora que decía “cohexión” en vez de
cohesión y que hoy sigue dando clase en el mismo centro de enseñanza de Madrid.
También me acuerdo del que nos daba Informática, que decía "güindon" en vez de
Windows.
Los maestros no son más importantes que ningún otro grupo de
personas porque éstos, los colectivos, no son nada relevantes si los miembros
que los forman no aspiran a ser los mejores cada uno individualmente, sea lo
que sea a lo que se dediquen. Y, al igual que pasa en mi ocupación y en la
tuya, los profesores tienen los mismos vicios y virtudes que el que se sienta a
tu lado en la oficina y llega tarde sistemáticamente, o se escaquea en cuanto
puede, o mete la mano en la caja, o no se ha mirado el orden del día de una
reunión, o no ha estudiado para el examen, o pasa de ir a clase y, además, se
queja amargamente de su suerte.
Todos nos equivocamos y, por supuesto, reincidimos. También tenemos
días buenos, malos y mediopensionistas, pero si no hay empeño personal e
individual en superarnos y corregirnos a nosotros mismos una y otra vez, no hay
colectivo que valga y no hay ninguna transformación posible como sueña Ana
Pastor en Papel.
miércoles, 15 de julio de 2015
Dylan en El Sol
La profesora de inglés nos puso Blowin’ in the Wind para un
ejercicio de fill in the blanks que venía en el libro. Tenía 10 u 11 años y era
la primera vez que escuché a Dylan. Unos años después, en 2001, en pleno
proceso de meterme en el alt-country escuchando a Uncle Tupelo y Lucinda
Williams día y noche, y poniéndome camisas de cuadros hasta para ir a dormir, llego a mi
Discman el Love and Theft. “No puede ser Dylan, qué voz… ¡qué viejo!”. Seguí
escuchándolo y, al poco, me dije: “¡Qué cojones! Mola más ser viejo y tocar y
cantar como un viejo”. Vi la portada y ese señor, el Bob Dylan de primeros del
siglo XXI, ya no podía cantar como el de los primeros 60 porque no era la misma
persona que el de la canción de la clase de inglés. Entendí que no pretendía ser lo que fue, sino que, a su edad,
era él mismo, pero distinto. Una perogrullada: las operaciones de cirugía
estética, en la vida y en la música, tienen un límite.
“Envejecer es difícil para un artista si no adecua su
repertorio, su capacidad física y su actitud en un escenario, ante un público,
frente al mundo”, dice Loquillo en una URL de Elmundo.es. Es lo que nos estaba
diciendo, desde hacía años, Dylan –y unos pocos más-, frente a los que se
enganchan a la eterna juventud y pasean su retrato de Dorian Grey por estadios
a rebosar de gente haciéndose selfies. ¿No sería increíble un concierto de los
Stones en la Sala Sol? ¿No sería maravilloso uno del propio Dylan en el Teatro
Lara?
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“¿Hits? ¡Que se vayan a un karaoke!”, dice Loquillo. No
puedo estar más de acuerdo, pero que lo diga alguien que vive de eso…
viernes, 3 de julio de 2015
Cómo dejar de escribir sobre uno mismo
Cuando llevo un par
de líneas escribiendo sobre mí mismo me siento como si hubiera salido de la
M-30 y ya sólo tuviera la autopista en línea recta para mí. Las palabras salen
igual que pasan los kilómetros al conducir por una carretera que ya está hecha.
Pero lo difícil es construir la carretera, inventar el paisaje, armar el coche,
crear al conductor y los pasajeros, poner las señales, situar las salidas a las carreteras
secundarias…
martes, 30 de junio de 2015
En cuanto lo sepan, estás acabado
“Existe toda una clase de escritores que no quieren que sus
libros se lean. Hasta cierto punto, eso explica su prosa enloquecida. Si formas
parte de esa clase de escritores, expresar lo expresable no es la razón de que
escribas. Hasta resulta vagamente embarazoso que te entiendan. Lo que quieres
expresar es la violencia de tu deseo de que no te lean. Es la fricción del público
lo que enloquece a los escritores. Esa gente va a leer lo que escribas. Y
cuanto más entiendan ellos, más vas a enloquecer tú. No puedes permitir que
sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado. Si formas
parte de esa clase, lo que tienes que hacer es o no publicar o asegurarte del todo
de que tu obra deje a los lectores tirados por los márgenes. Esto no es solamente
lo que permite que exista literatura, sino que también es indispensable para tu
salud mental.”
Don DeLillo, en La Estrella de Ratner, definiendo la
longitud de una zancada más larga que la mía.
Voy camino a la locura y, aunque todo me tortura, sé querer.
Es imposible.
Es como, si al final, tuviera miedo de volver a empezar.
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