“Un país que
sueña con convertir a los maestros en el corazón de la gran transformación que
necesitamos, que sean ellos los protagonistas de un liderazgo al que podríamos
aspirar y aún no hemos alcanzado en el terreno de la educación”.
Leo esto, levanto la cabeza de la revista y me acuerdo de mi
profesora de Lengua en el colegio, una señora que decía “cohexión” en vez de
cohesión y que hoy sigue dando clase en el mismo centro de enseñanza de Madrid.
También me acuerdo del que nos daba Informática, que decía "güindon" en vez de
Windows.
Los maestros no son más importantes que ningún otro grupo de
personas porque éstos, los colectivos, no son nada relevantes si los miembros
que los forman no aspiran a ser los mejores cada uno individualmente, sea lo
que sea a lo que se dediquen. Y, al igual que pasa en mi ocupación y en la
tuya, los profesores tienen los mismos vicios y virtudes que el que se sienta a
tu lado en la oficina y llega tarde sistemáticamente, o se escaquea en cuanto
puede, o mete la mano en la caja, o no se ha mirado el orden del día de una
reunión, o no ha estudiado para el examen, o pasa de ir a clase y, además, se
queja amargamente de su suerte.
Todos nos equivocamos y, por supuesto, reincidimos. También tenemos
días buenos, malos y mediopensionistas, pero si no hay empeño personal e
individual en superarnos y corregirnos a nosotros mismos una y otra vez, no hay
colectivo que valga y no hay ninguna transformación posible como sueña Ana
Pastor en Papel.