lunes, 21 de septiembre de 2015

El país de ahí fuera

“Un  país que sueña con convertir a los maestros en el corazón de la gran transformación que necesitamos, que sean ellos los protagonistas de un liderazgo al que podríamos aspirar y aún no hemos alcanzado en el terreno de la educación”.

Leo esto, levanto la cabeza de la revista y me acuerdo de mi profesora de Lengua en el colegio, una señora que decía “cohexión” en vez de cohesión y que hoy sigue dando clase en el mismo centro de enseñanza de Madrid. También me acuerdo del que nos daba Informática, que decía "güindon" en vez de Windows. 

Los maestros no son más importantes que ningún otro grupo de personas porque éstos, los colectivos, no son nada relevantes si los miembros que los forman no aspiran a ser los mejores cada uno individualmente, sea lo que sea a lo que se dediquen. Y, al igual que pasa en mi ocupación y en la tuya, los profesores tienen los mismos vicios y virtudes que el que se sienta a tu lado en la oficina y llega tarde sistemáticamente, o se escaquea en cuanto puede, o mete la mano en la caja, o no se ha mirado el orden del día de una reunión, o no ha estudiado para el examen, o pasa de ir a clase y, además, se queja amargamente de su suerte.


Todos nos equivocamos y, por supuesto, reincidimos. También tenemos días buenos, malos y mediopensionistas, pero si no hay empeño personal e individual en superarnos y corregirnos a nosotros mismos una y otra vez, no hay colectivo que valga y no hay ninguna transformación posible como sueña Ana Pastor en Papel.

miércoles, 15 de julio de 2015

Dylan en El Sol


La profesora de inglés nos puso Blowin’ in the Wind para un ejercicio de fill in the blanks que venía en el libro. Tenía 10 u 11 años y era la primera vez que escuché a Dylan. Unos años después, en 2001, en pleno proceso de meterme en el alt-country escuchando a Uncle Tupelo y Lucinda Williams día y noche, y poniéndome camisas de cuadros hasta para ir a dormir, llego a mi Discman el Love and Theft. “No puede ser Dylan, qué voz… ¡qué viejo!”. Seguí escuchándolo y, al poco, me dije: “¡Qué cojones! Mola más ser viejo y tocar y cantar como un viejo”. Vi la portada y ese señor, el Bob Dylan de primeros del siglo XXI, ya no podía cantar como el de los primeros 60 porque no era la misma persona que el de la canción de la clase de inglés.  Entendí que no pretendía ser lo que fue, sino que, a su edad, era él mismo, pero distinto. Una perogrullada: las operaciones de cirugía estética, en la vida y en la música, tienen un límite.
“Envejecer es difícil para un artista si no adecua su repertorio, su capacidad física y su actitud en un escenario, ante un público, frente al mundo”, dice Loquillo en una URL de Elmundo.es. Es lo que nos estaba diciendo, desde hacía años, Dylan –y unos pocos más-, frente a los que se enganchan a la eterna juventud y pasean su retrato de Dorian Grey por estadios a rebosar de gente haciéndose selfies. ¿No sería increíble un concierto de los Stones en la Sala Sol? ¿No sería maravilloso uno del propio Dylan en el Teatro Lara?
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“¿Hits? ¡Que se vayan a un karaoke!”, dice Loquillo. No puedo estar más de acuerdo, pero que lo diga alguien que vive de eso… 

viernes, 3 de julio de 2015

Cómo dejar de escribir sobre uno mismo


Cuando llevo un par de líneas escribiendo sobre mí mismo me siento como si hubiera salido de la M-30 y ya sólo tuviera la autopista en línea recta para mí. Las palabras salen igual que pasan los kilómetros al conducir por una carretera que ya está hecha. Pero lo difícil es construir la carretera, inventar el paisaje, armar el coche, crear al conductor y los pasajeros, poner las señales, situar las salidas a las carreteras secundarias… 

martes, 30 de junio de 2015

En cuanto lo sepan, estás acabado


“Existe toda una clase de escritores que no quieren que sus libros se lean. Hasta cierto punto, eso explica su prosa enloquecida. Si formas parte de esa clase de escritores, expresar lo expresable no es la razón de que escribas. Hasta resulta vagamente embarazoso que te entiendan. Lo que quieres expresar es la violencia de tu deseo de que no te lean. Es la fricción del público lo que enloquece a los escritores. Esa gente va a leer lo que escribas. Y cuanto más entiendan ellos, más vas a enloquecer tú. No puedes permitir que sepan de qué estás escribiendo. En cuanto lo sepan, estás acabado. Si formas parte de esa clase, lo que tienes que hacer es o no publicar o asegurarte del todo de que tu obra deje a los lectores tirados por los márgenes. Esto no es solamente lo que permite que exista literatura, sino que también es indispensable para tu salud mental.”
Don DeLillo, en La Estrella de Ratner, definiendo la longitud de una zancada más larga que la mía.
Voy camino a la locura y, aunque todo me tortura, sé querer.
Es imposible.
Es como, si al final, tuviera miedo de volver a empezar.

lunes, 16 de marzo de 2015

Pájaro

El pasado se esconde en las tinieblas de nuestras vidas. Tiene una paciencia infinita, a sabiendas de que todo lo que hemos hecho, y todo lo que hemos dejado de hacer, regresará sin lugar a dudas para atormentarnos en el último momento.

Es una verdad como un puño de Charlie Parker, Bird, el detective de John Connolly, un personaje que mata por cualquier razón –justificada o no- y escucha a los Jayhawks y Ryan Adams. Para él, los días son soleados o de tormenta, salvo los menos que, como mucho, están nublados. Aguanta poco sobre el filo de la navaja y siempre acaba cayendo al abismo, donde le esperan los monstruos del pasado y a donde van los que envía allí a tiros para esperarle la próxima vez que caiga.

Sabe que están ahí y nunca se irán, como si su creador le hubiera marcado a fuego la seña irlandesa del catolicismo y la culpabilidad, de la que es tan difícil desprenderse. Camina, cae –o lo tiran-, se vuelve a levantar y vuelve a caminar. Como a los que somos de carne y hueso, unas veces nos cuesta más levantarnos y otras veces menos, pero siempre hay que recuperar la verticalidad y volver a andar, por mucho que duela, porque lo mejor siempre está por llegar.


*Me ha sido imposible escribir 21 días seguidos. Todos sabíamos que iba a pasar*